La no linealidad y los sistemas del no equilibrio (con las secretas paradojas sobre el azar o el determinismo y la flecha del tiempo) que exhibe el mundo biológico, nos presenta un aparentemente excelso paisaje de posibilidades a la hora de encontrar, construir o reconvertir herramientas con las que manejar la información de forma eficiente. En el sueño de encontrar un sistema modularizable y controlable donde la información evolucione según unas leyes que ni se obedezcan ni se violen, sino que en todo caso se burlen, del mismo modo que nos parece que ocurre el entorno que pretendemos conocer y simular de forma más precisa, el mundo biológico se muestra como una irresistible quimera.
De hecho, muchos han creído que este navío, podría conducirnos a la conquista de parajes aún mucho más insólitos, como quizá finalmente el del aprendizaje, al que podríamos encontrar paralelismo con la carismática evolución natural y que podría resultar ser la codiciada llave de la auténtica Inteligencia Artificial.
Por otra parte, es bien sabido, que precisamente la oportunidad de buscar estados menos probables y no aquellos de máxima entropía es una característica subyacente sólo a los sistemas abiertos, y que es en el contexto de esta conectividad donde el intercambio de información genera estructuras de creciente complejidad, es por este motivo que muchos expertos han buscado en los sensores o de forma más general, en la conexión del sistema con el exterior, la clave para el aprendizaje.
Si los sentimientos, la empatía o algún otro paradigma serán finalmente la puerta hacia la Inteligencia Artificial es todavía un enigma. Mientras el tiempo se entretiene en los columpios de todo tipo de multivibradores biestables nosotros jugamos a tenderle nuevas trampas en las que nos ayude a dar sentido a la información.
Y así, burlando el tiempo, muchas veces en la vida, nos proponemos no olvidar nunca situaciones con personas que nos fueron verdaderamente importantes pero que ya no podemos alcanzar y hacer lo contrario con otras experiencias que nos persiguen pero que no nos aportan nada. En la búsqueda de la felicidad y la huída del sufrimiento parece razonable no permitirse demasiado a menudo el lujo de soñar despiertos pero tampoco el de desfallecer ni por un momento.
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